Para los que no sean amantes de los perros o de la arqueología, la publicación del trabajo “Perros prehistóricos en el este de Uruguay: contextos e implicaciones culturales”, firmado por José M López Mazz, Federica Moreno, Roberto Bracco y Roberto González, podría no ser un evento trascendente. Pero se equivocan: por un lado, el artículo se coló en el último número de Latin American Antiquity, publicación de la prestigiosa Sociedad para la Arqueología Americana; y por otro, el trabajo merece incluirse dentro de la gran cantidad de investigaciones que en las últimas décadas han cambiado las ideas que teníamos sobre los habitantes de estas tierras antes de que llegaran españoles y portugueses.

Como dice el resumen (o abstract), el trabajo presenta “información arqueológica sobre cinco perros domésticos recuperados en sitios prehistóricos de las tierras bajas del sudeste uruguayo”, al tiempo que señala que cuatro de ellos “se recuperaron en montículos con enterramientos humanos”. El objeto también es dejado en claro por los arqueólogos que lo escribieron: “Comenzar a discutir el rol económico, social y simbólico-ritual de estos animales en estas sociedades”.

El perro doméstico (Canis lupus familiaris) es el resultado de la domesticación del lobo (Canis lupus), y los registros más antiguos de este vínculo proceden de Europa, China y el sudeste de Asia, con fechas que van de los 15.000 a los 36.000 años aP (antes del presente). Cuando los humanos cruzaron hacia el continente americano, hace unos 15.000-18.000 años, obviamente se trajeron a su mejor amigo. Los hallazgos más antiguos de perros domésticos americanos se encuentran en Utah, Estados Unidos, y datan de unos 10.000 años. Así como el humano se propagó por América con relativa rapidez, el perro doméstico también, y ambos llegaron a estas tierras. “La mayoría de los perros recuperados provienen de la zona andina en contextos de sociedades horticultoras, con mayor grado de sedentarismo y complejidad social que las sociedades cazadoras recolectoras”, dice el trabajo de los compatriotas, al tiempo que señala que fuera de esa región se encontraron restos “en la Pampa y Patagonia septentrional argentina, el litoral oeste y el sudeste uruguayo y el sur de Brasil”. Mientras que en Argentina hay unos ocho perros domésticos prehistóricos estudiados, Brasil publicó recientemente el hallazgo de uno en Río Grande del Sur. Como señalan en su artículo, “en Uruguay se han recuperado hasta el momento tres esqueletos de perro doméstico enterrados en posición anatómica, además de restos aislados en cinco sitios prehistóricos de la región sudeste y en La Yeguada, un sitio del litoral”.

“El artículo viene a ocupar un vacío que había, un debe de la arqueología nacional”, dice la arqueóloga Federica Moreno, del Departamento de Biodiversidad y Genética del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, una de las autoras del artículo que tuvo como autor principal a José López Mazz, tal vez el arqueólogo más famoso del país y a quien los investigadores que ha formado prefieren referirse como Pepino. “En Uruguay todo el mundo sabía que había perros prehistóricos, pero no se podían citar porque no se conseguían los artículos o porque hay muchas revistas que no te aceptan que cites una monografía o una tesis inédita”, explica, mientras señala que además de revisar los distintos trabajos que hay sobre perros prehistóricos en Uruguay, el artículo “permite rediscutir el rol de estos perros 20 años después”, puesto que la tesis de Roberto González sobre el perro de Laguna Merín es de 1998 y, desde entonces, mucha agua ha pasado debajo del puente. O mejor dicho, muchos cerritos han pasado bajo la mirada de nuestros científicos.

Cuando se publicó el primer trabajo sobre un perro prehistórico, el modelo económico que se manejaba para nuestros antepasados era el de cazadoras-recolectores. Hoy sabemos que hace unos 2.500 años comenzó una dispersión de los pobladores de la región sudeste del país, y que estas sociedades “practicaron una economía que integró el manejo y domesticación de plantas como el maíz, los porotos, la calabaza, el boniato y el maní”, al tiempo que los cerritos atestiguan una “fuerte implantación territorial, sedentarismo, lugares formales de inhumación, horticultura y un probable control de animales salvajes”.

Sin quitarle el rol fundamental de ayuda en la caza, sobre todo en un entorno dominado por bañados, donde la persecución y el cobro de las piezas es muy relevante, Moreno dice que “también se puede pensar en el perro en otros roles que tienen más que ver con la defensa e incluso con el manejo de otros animales, como podría ser la protección de rebaños”, puesto que “son grupos humanos que ya tienen otra relación con la naturaleza”. Este cambio de paradigma está planteado, por ejemplo, en su tesis doctoral, en la que plantea que el perro está asociado a la emergencia del pastoreo en la prehistoria escandinava y argumenta que en nuestro país podría haberse dado “algún tipo de manejo del venado de campo. No una domesticación plena ni movimiento de rebaños, pero sí una protección de depredadores, explotación continua de los mismos rebaños, reclamos sobre algunos rebaños y no sobre otros. Y ahí el perro tiene un gran rol”. Pero como además de arqueóloga Moreno es amante de estos animales, tiene también un punto de vista propio: “En lo personal creo que el rol de mascota, de compañía, de compañero, existió siempre”. Y los hallazgos parecen apoyarla: por ejemplo, el perro encontrado en el Potrerillo de Santa Teresa en 1995 estaba a poco más de medio metro de un enterramiento de una mujer con una antigüedad de unos 1.500 años. “El hecho de enterrar al perro es un indicador de la propia domesticación”, señala, pero además acota que “es el único animal, aparte del ser humano, que es objeto de un tratamiento mortuorio específico, lo que te habla de la profundidad del lazo, de lo cercano que nos vemos”.

El trabajo también señala que en varios sitios se identificaron especies de cánidos silvestres como el aguará guazú, el zorro de campo y el zorro de monte, mientras que “un caso excepcional se da en el sitio de Isla Larga, en la Sierra de San Miguel, donde mandíbulas de zorro acompañan un enterramiento múltiple”. Moreno explica la relevancia de que aparezcan restos de otros cánidos junto a los humanos: “Para nuestra taxonomía, el perro es una especie y el zorro es otra. Pero la taxonomía de Linneo no era la taxonomía indígena. Tal vez en la forma indígena de organizar el mundo animal el zorro y el perro compartieran ciertos atributos, quizá agruparan a los cánidos en una categoría de animales que simbolizan algo y que, por ejemplo, tanto los perros como los zorros o los aguará guazú fueran usados como ajuar”.

El conocimiento aportado por la investigación lamentablemente no permea con facilidad en el sistema educativo. Así como se sigue diciendo que el caballo fue introducido por los europeos (cuando nuestros antepasados conocían bien al Hippidion) o que nuestros indígenas eran sólo cazadores recolectores nómades, los distintos perros encontrados en sitios arqueológicos no pinchan ni cortan en el mito de los bravos perros cimarrones de la gesta artiguista. Tal vez por eso el trabajo publicado señala que “sería interesante conocer el ascendente genético de los perros cimarrones para establecer la existencia de continuidades con las poblaciones prehistóricas”. En otras palabras: los perros asilvestrados de la campaña bien podrían haber tenido sangre autóctona y no sólo europea. “Estaría bueno comparar la genética de estos perros prehistóricos con la de los cimarrones y criollos actuales”, dice Moreno, al tiempo que cuando le digo que es difícil cambiar la historia oficial, reflexiona: “No sé cuál es el problema, no sé si es más cómodo seguir repitiendo lo mismo, no sé si es una falla de nosotros que no estamos comunicando bien nuestras investigaciones, pero cuesta reescribir los libros de historia”. Por suerte, nuestros arqueólogos ladran, señal de que investigamos.