Escuela nº 63.

La metodología ludocreativa logró mejoras en aprendizajes y asistencia en primaria

La escuela 63 la aplica de primero a sexto año como una alternativa dentro del sistema tradicional.

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¿Qué es aplicar la metodología ludocreativa?: “Es una revolución dentro de la escuela”. Así respondió Claudia Lonchar, la directora de la escuela 63 de Malvín Norte, una de las pocas instituciones públicas que aplica este método que, a la hora de enseñar, se diferencia del sistema tradicional. Basado en la pedagogía de la expresión del uruguayo Raimundo Dinello, esta propuesta invita a docentes...
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¿Qué es aplicar la metodología ludocreativa?: “Es una revolución dentro de la escuela”. Así respondió Claudia Lonchar, la directora de la escuela 63 de Malvín Norte, una de las pocas instituciones públicas que aplica este método que, a la hora de enseñar, se diferencia del sistema tradicional. Basado en la pedagogía de la expresión del uruguayo Raimundo Dinello, esta propuesta invita a docentes y alumnos a tomar el protagonismo, dejar de centrarse en los contenidos para pasar a un camino de aprender a aprender, mucho más acorde con las exigencias del siglo XXI, según detalló la directora en diálogo con la diaria durante la recorrida por la escuela. Sin olvidarse del programa, y dentro del sistema de educación formal, lograron darle un giro a la propuesta basándose en el movimiento lúdico y en un retorno a la epistemología, y así mejoraron los niveles de aprendizaje y de asistencia de los niños.

La metodología ludocreativa se sostiene en la pedagogía de la expresión pero avanza y plantea una serie de procedimientos para aplicar en la educación primaria. Los niños comienzan su jornada –de tiempo completo– con un movimiento lúdico, lo que, según explicó Lonchar, no es el juego por el juego, sino que persigue un propósito más amplio con fines pedagógicos. La clase de sexto año de la maestra Karina Falla, formada en el método, empezó el día en el patio, con un juego de ronda; aunque desde afuera se viera como recreación, para Ignacio, de 12 años, esto es parte del trabajo de clase. Asegura que juega mucho en la escuela, en el patio, durante el recreo, cuando le toca ser el que atrapa en la mancha, pero en el momento del movimiento lúdico sabe que está aprendiendo.

Después de ese primer espacio, el docente plantea un desafío creativo. La metodología propone que abarque una de las cinco áreas de conocimiento que buscan desarrollar: el movimiento, el folclore, lo escénico, la plástica y la música. La clase de Karina comenzó aquel día con un nuevo desafío en el área de movimiento, por eso todos estaban en el patio. Sin importar el área de conocimiento que desarrolle, el docente ofrece elementos para que los alumnos puedan explorar y se generen conflictos pedagógicos. El desafío que enfrentaron los alumnos de sexto tenía como consigna “Un movimiento que nos une”: divididos en equipos eligieron objetos de una pila que contenía aros de plástico, conos, colchonetas, pelotas, cuerdas y palos.

Sólo tenían la consigna, sin ninguna instrucción para seguir. Debían tomar los elementos y explorar. Entonces es cuando la parte creativa del método sale a flote, no sólo porque el docente tiene que inventar una situación con ciertos objetos, sino también porque los alumnos son libres, no tienen que hacer algo en particular, sólo dejarse llevar con los materiales que eligió la maestra.

“Seamos los últimos sobrevivientes de este Walking Dead”, gritó uno de los niños cuando estaban construyendo la entrada de un fuerte imaginario que los iba a proteger del más reciente ataque zombi. Otro equipo decidió ver qué pasaba si ataban la cuerda a cada uno de los extremos del arco de fútbol y probaban subirse arriba. El tercer grupo entendió que si el movimiento los tenía que unir debían estar juntos, por lo que se ataron entre sí.

A medida que los niños participan en el desafío creativo surgen conflictos pedagógicos. “Hay algunos que son de carácter identitario: quién soy, qué quiero ser. Después puede haber conflictos éticos, otros estéticos: si me gusta lo que hice, qué calidad tiene, y está el conflicto cognitivo; según el momento del año es que nosotros vamos asumiéndolos y articulando con el programa escolar”, comentó la directora.

Es que, a diferencia de otras metodologías alternativas, aprender a aprender no se aleja del programa escolar, sino que utiliza lo¡as interrogantes que surgen del desafío creativo para conectarlas con los contenidos. La maestra de sexto explicó que el equipo antizombis se topó con un problema: los bastones de su fuerte no se sostenían solos, y eso se puede relacionar con el área de la matemática; los niños que intentaron subirse a la cuerda se dieron cuenta de que se bajaba y no podía aguantarlos, eso se explica por medio de la física; los chicos que tuvieron la necesidad de atarse para estar juntos plantean una situación que se mezcla con la convivencia. Según la ludocreatividad, todos los contenidos surgen desde la interacción con los elementos y entre los sujetos, es cuestión de que el maestro sepa darse cuenta y trabajarlos.

De los múltiples conflictos pedagógicos que surgen la maestra seleccionará algunos y comenzará la siguiente etapa: investigación y exploración. Los niños deben crear hipótesis, plantearse posibles soluciones y experimentar hasta que la encuentren. Luego vendrá la conceptualización: cuando el niño puede explicar lo que acaba de hacer es porque entendió y aprendió.

Otro camino

“Creo que el niño aprende más y mejor”, afirmó Lonchar, que se acercó a esta nueva biblioteca en 2015 y desde ese momento continúa formándose y analizando los resultados de salirse del camino. “Los niños aprenden más en el sentido en que se abarcan más conceptos, a veces llegamos a trabajar contenidos que están en el programa del liceo. También aprenden mejor, porque si tienen rezago escolar se vuelve a otras cosas que deberían estar aprendidas. El maestro es el agente encargado de que el aprendizaje ocurra, no puede evadir esa responsabilidad”, destacó la docente.

Asimismo, aprende mejor porque se propone que sea una enseñanza “pensando en el niño, con una epistemología que favorezca los aprendizajes, que esté la interacción con otros y en movimiento”, señaló. En 2015 era maestra de un grupo de sexto; cuando se propuso cambiar la forma en que enseñaba, en su clase “había bajos aprendizajes, baja asistencia, y pudimos revertirlo aplicando la metodología. Tuvimos muchos niños en matiz de ‘sobresaliente’, y esta escuela no pasaba del ‘bueno muy bueno’, fue un salto cuantitativo y cualitativo”. También subrayó que este cambio muestra una mejora en los estudiantes y en los docentes, porque “se le devuelve el orgullo al maestro de ser maestro, de venir a la escuela y estar feliz, de ser protagonista”.

La evaluación de los niños es uno de los aspectos en que la metodología se acerca al camino tradicional, aunque con algunas diferencias. “La evaluación se basa en unas grillas en las que observamos puntos particulares como el lenguaje, la integración y la participación. Más allá de eso, aplicamos evaluaciones comunes, porque nos parece que está bueno medir igual: el niño que sale de una escuela ludocreativa debe tener los mismos conocimientos que cualquier otro niño. Creemos que salen con otros instrumentos mentales para poder organizar el pensamiento, para poder gestionar sus aprendizajes, para poder continuar, pero también estamos seguras que saben tanto o más que otros niños”, aclaró Lonchar.

Sin piedras

Para la directora de la escuela 63, el programa no es un conflicto a la hora de aplicar la metodología, tampoco lo son las regulaciones de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP). De hecho, según su propia experiencia, los dirigentes del Consejo de Educación Inicial y Primaria estuvieron muy dispuestos e interesados en ver los resultados que surgían de esta experiencia.

Para la docente si hay un obstáculo sería la formación de los maestros, aunque ni siquiera eso es un impedimento para aplicar la metodología ludocreativa. “Es interesante porque nos exige a nosotros estudiar más. Hay que apostar a una nueva formación docente, con más epistemología, con más investigación, que podamos tener una profesionalización en las áreas de conocimiento puras, no didactizadas”, sugirió Lonchar.

Esa idea se para en la vereda de enfrente del reclamo de las estudiantes de Magisterio, que suelen decir que terminan su formación sabiendo de la materia, pero con dificultades a la hora de enseñarla. Al respecto, la directora comentó: “En Magisterio tienen como principal clase la didáctica, la compañera que acompaña a los futuros docentes tiene como mayor formación la didáctica, y en la ludocreatividad nuestra mayor formación es metodológica, o sea que el camino que elegimos para que el niño aprenda es radicalmente opuesto. Ellos están parados desde la enseñanza y nosotros estamos parados desde el aprendizaje, porque yo puedo ser muy buena enseñando pero el otro no aprende, entonces hay algo que estoy haciendo mal”.

Los maestros que aplican una metodología diferente de la que propone la ANEP se salen del camino, y eso, para Lonchar, es lo más complicado: “En mi experiencia lo más difícil es deconstruir lo aprendido. Nosotros tenemos una huella del método enseñanza-aprendizaje, no sabemos cómo es aprender a aprender”. Por otra parte, planteó que la planificación “también es compleja, porque el maestro pasa muchas horas de su vida haciéndolo. Con el método tradicional nos pasaba que al niño no le llamaba la atención, nos faltaba el interés por lo que le estábamos ofreciendo; ahora llegamos con nuevas propuestas, interesantes, pero crearlas requiere mucho estudio y creatividad por parte del maestro”.

En sus palabras, otra de las mayores dificultades a las que se enfrenta el docente cuando decide empezar a trabajar desde la ludocreatividad es “asumirse como protagonista, [saber] que él puede cambiar las estructuras y no delegar en que la culpa es el sistema. Acá no hay excusas para decir que no cambio”.

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