Joselin, del Laboratorio itinerante, durante la clase en la escuela rural 54 de la localidad de Sauce.

Liceales de tercero a sexto conformaron el proyecto Laboratorio Itinerante y vuelcan sus conocimientos en escuelas y liceos

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Los 34 alumnos de la escuela rural 54, de los Rancheríos, a cuatro kilómetros de la ciudad canaria de Sauce, esperan ansiosos para entrar al laboratorio que, en uno de los dos salones de la escuela, están organizando los estudiantes de los liceos 1 y 2 de Sauce. Muchos de los niños, de entre cuatro y 12 años, conocían el Laboratorio Itinerante desde el año pasado, cuando aterrizó por primera ve...
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Los 34 alumnos de la escuela rural 54, de los Rancheríos, a cuatro kilómetros de la ciudad canaria de Sauce, esperan ansiosos para entrar al laboratorio que, en uno de los dos salones de la escuela, están organizando los estudiantes de los liceos 1 y 2 de Sauce. Muchos de los niños, de entre cuatro y 12 años, conocían el Laboratorio Itinerante desde el año pasado, cuando aterrizó por primera vez en la escuela, y muchos se acordaban de “Gómez”, el esqueleto humano al que bautizaron con ese apellido.

El proyecto es una iniciativa del Laboratorio de Biología del liceo 2 de Sauce, a cargo de la profesora de Biología Silvia Ottonelo, que desde 2011 invita a sus estudiantes a formar parte de una actividad que, en cierta medida, implica investigación y extensión. Actualmente lo integran unos diez estudiantes de tercero, cuarto, quinto y sexto año, de los liceos 1 (ciclo básico) y 2 (bachillerato) de Sauce.

En la escuela hay dos grupos: uno que integra a los niños de nivel cuatro años hasta segundo año, y otro con los niños de tercero a sexto año; Jacqueline Rodríguez, la maestra del segundo grupo, es además la directora de la escuela. En las mesas frente a las que ahora esperan el anuncio para entrar a la clase, algunos niños desayunan cuando llegan a la escuela y luego, al mediodía, almuerzan. El turno de la escuela rural es de 10.00 a 15.00, y este lunes la actividad del Laboratorio Itinerante se extenderá hasta el mediodía; luego cada grupo continuará trabajando con su maestra.

Se nota que no será una mañana común y que los chiquilines están expectantes. La maestra del grupo de los más chicos, Beatriz Vence, contó que los niños “estaban ansiosos desde que supieron que iban a venir; se acordaban de Gómez”, bromeó, dando cuenta de lo que el Laboratorio Itinerante “había logrado en ellos”. “Son instancias muy enriquecedoras de aprendizaje; participan grandes y chicos, y todo el trabajo es muy interactivo. Pueden manipular las cosas; eso los atrapa”, valora la directora.

Mientras fuera del salón algunos de los adolescentes dividen en grupos a los niños, adentro el resto del equipo prepara las cinco estaciones del laboratorio. En una está la estrella de la jornada, el esqueleto humano, y sobre la mesa hay huesos humanos reales. En la siguiente estación una lámina invita a trabajar sobre el sistema digestivo; en la tercera hay varios rompecabezas dispersos sobre la mesa, algunos de imágenes y otros de palabras; en la penúltima estación el protagonista es el microscopio; y en la última es el hombre anatómico, una especie de maniquí abierto, con todos los órganos del cuerpo humano desmontables. Pero además de las estaciones, en el fondo del salón hay un escenario para que dos títeres rompan el hielo, presenten a niños y jóvenes y empiece la función.

Los profes

Nadia y Martín son quienes están a cargo de la estación del sistema óseo; con paciencia, Elena explica que el proceso digestivo comienza en la boca, a pesar de que a partir de ahí intervienen una cantidad de órganos internos del cuerpo; Tamara juega con los chiquilines a armar puzles con imágenes de un esqueleto humano y palabras con los nombres de algunos órganos. Kevin y Nataly explican cómo funciona un microscopio, qué es lo que se puede ver con ese instrumento, y los niños hacen la prueba de ver las distintas células que hay en la mucosa bucal, la saliva. El circuito termina con algo parecido a un rompecabezas, pero más complejo porque es de tres dimensiones: con la ayuda de Joselin, los niños del grupo desarman al hombre anatómico, le sacan todos sus órganos y, a medida que lo vuelven a armar, van aprendiendo los nombres de cada uno de ellos. Por un buen rato, los niños irán rotando por las distintas estaciones.

Entre los jóvenes, algunos llegaron al laboratorio por curiosidad, por querer saber más, mientras que otros respondieron a la invitación de alguno de sus amigos que ya integraba el grupo. A todos ellos la experiencia les motiva cambios. “Hace varios años, cuando arrancaba con esto, una estudiante vino emocionada y me dijo: ‘Profe, me vieron en la parada y me gritaron ‘¡Profe!’ Quedó contenta porque con el laboratorio quedó ubicada en otro lugar”. Pasan de ser estudiantes –buenos, malos, del montón– a ser ellos mismos quienes tienen algo para aportarles a otros. Ottonelo cuenta que en el laboratorio hubo estudiantes con problemas de aprendizaje, pero que, una vez en la actividad planificada, se desenvolvían con soltura, ganando confianza y autoestima.

El grupo tiene una reunión semanal, en la que preparan las actividades e investigan, coordinan las salidas y reflexionan sobre cómo estuvieron sus presentaciones. Han ido a escuelas de Sauce, de otras ciudades canarias y a escuelas rurales como a la que fueron el lunes 13, pero también a liceos de esas mismas localidades, donde comparten la experiencia con otros jóvenes de su edad. Han viajado incluso a aulas comunitarias de Montevideo y próximamente harán una visita también a liceos de la capital. La actividad es voluntaria para los jóvenes, no tiene nota y tampoco una evaluación tradicional.

El espacio ha servido para profundizar en los conocimientos sobre biología, siempre a partir de sus intereses. A Elena, por ejemplo, “se le dio por investigar las planarias, un gusano chato, que vive en agua de tajamares, y tiene la capacidad de regenerarse”, cuenta Ottonelo. Todos tienen una inclinación por la biología, aunque no sea su materia favorita. “A mí me gustaba y no me daban las clases: quería saber más”, cuenta Nataly, que entró al laboratorio después de que dos amigas –que hoy ya no van– la invitaran. “Desde entonces ya no dejé de venir”, dice. Otros se han entusiasmado con la actividad didáctica, y muchos con el grupo en sí, ya que, además de sus actividades, organizan salidas especiales o paseos.

Casi siempre se movilizan en ómnibus y, como contó la profesora, todos los estudiantes llevan algo. Pero cuando puede, Óscar, profesor de Física, los acompaña y los lleva en una camioneta. Para Silvia, el Laboratorio Itinerante es su proyecto como preparadora. “El preparador tiene como funciones hacerse cargo del laboratorio; podés quedarte adentro, ver las prácticas, asegurar que el material esté pronto para el docente; pero a mí me gusta más esto”, asegura.

La retirada

Cuando ya todos los niños habían recorrido las distintas estaciones del salón, y se empieza a sentir el olorcito del almuerzo, los liceales comienzan a organizar en el piso un mapa conceptual para repasar, junto con los niños, todo lo que exploraron durante la hora y media anterior. Los escolares empiezan a ordenar las piezas que componen al ser humano, entre órganos, tejidos, células y sistemas. Las maestras aseguran que los niños van a volver a traer la experiencia cuando en clase traten los temas que estudiaron con el Laboratorio, y que haberla vivenciado permite que se enganchen con mayor entusiasmo.

Los jóvenes hacen una primera evaluación de la actividad, que seguro comparan con una anterior, en la que tuvieron que enfrentar a unos 60 niños de tercer año. “Estuvo bien, son tranquilos acá”, me dicen. Mientras, empiezan a recoger los materiales y a guardar en cajas de cartón y de madera los microscopios, las láminas y los huesos. El último en salir de escena es Gómez, a quien, ya en confianza, los niños invitan a bailar.

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