La charla de Melina Furman, bióloga, doctora en Educación por la Universidad de Columbia e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, comenzó con una pregunta para los miles de docentes que estaban en el Antel Arena, reunidos para el evento Enlace 360, organizado por la Red Global de Aprendizajes de Uruguay: “¿Cómo les gustaría que fueran sus estudiantes como adultos, cuando sean grandes?”. Fácilmente surgieron varias respuestas: creativos, felices, comprometidos, libres, con pensamiento crítico, solidarios, emprendedores, independientes. Furman agregó que en esta época “no está claro qué va a ir pasando, pero sí que el mundo va a ir cambiando muy rápido”, por lo que aseguró que las futuras generaciones deben tener incorporadas “esa chispa, esas ganas de seguir aprendiendo siempre”.

“¿Qué tenemos para hacer en nuestro metro cuadrado de incidencia?”, fue otra de las varias preguntas que la investigadora dejó tras su charla. Su respuesta apuntó a la descripción de las competencias de aprendizaje profundo que se trabajan en la Red Global de Aprendizajes, sin contraponerlas con los contenidos: aseguró que “no se enseñan en el vacío, se enseñan ancladas en conocimiento, en contenido conceptual; pero son capacidades que nos atraviesan y que queremos formar para toda la vida”. Mencionó algunas, que no son exactamente las seis que se trabajan en la red, pero que responden al mismo concepto: pensamiento crítico, aprender a aprender, resolución de problemas, comunicación, trabajo con otros, compromiso y creatividad.

Para responder a la pregunta de cómo incorporar estas habilidades en los salones de clase, graficó la situación actual con una imagen de dos cavernícolas perplejos ante una rueda cuadrada: “No es que no tenemos ninguna rueda, tenemos una rueda pero no termina de rodar; es cuadrada”. Ante esta situación, afirmó, hay dos caminos posibles: “Uno es el discurso antiescuela, ‘la escuela de hoy ya no sirve más, hay que derribarla, hay que reinventar la rueda’. Yo creo que ese discurso es muy peligroso, es muy tóxico. La otra posibilidad, si yo no quiero reinventar la rueda pero necesito que empiece a rodar más fluidamente, es limar los bordes, apoyarnos en lo que la escuela hace bien hoy, en nuestras fortalezas, y hacer pequeños pero estratégicos ajustes, esas vueltas de tuerca que hacemos todos los días para que nuestras prácticas de enseñanza empiecen a estar más cerca de ese futuro que queremos construir”.

Ante estos dos caminos, advirtió: “La educación nunca es neutra. Podemos hacer cosas que redunden en ese futuro hermoso que soñamos, o también la educación podría construir una antilista: chicos no curiosos, no comprometidos, no independientes, no solidarios, sin herramientas para aprender toda la vida”. Con el foco puesto en aterrizar sus propuestas en las decisiones que los docentes toman cotidianamente, planteó “dos vueltas de tuerca”: una que tiene que ver con lo curricular y otra con las estrategias de enseñanza.

Menos es más

La primera es la idea de que menos es más: “Menos cobertura superficial y más profundidad. Menos temas y más comprensión. Menos cantidad y más calidad”, explicó. Aseguró que comprender algo realmente bien significa que los estudiantes puedan explicarlo, argumentar a favor o en contra, usar ese conocimiento en contextos distintos y de maneras distintas, y se adelantó a reconocer que el problema pasa cuando, a la vez que se busca generar la comprensión profunda de los temas, los programas oficiales son “extensísimos en contenidos”.

Como una herramienta bien concreta para los docentes, mostró un esquema de “círculos de la comprensión”, una estructura en base a círculos concéntricos que facilita a los docentes la priorización de los temas a enseñar. Enfatizó en que hay que “dedicarle tiempo a lo importante” y no planificar de forma cronológica, “sino poniendo el tiempo a las grandes ideas que tengo para enseñar, pensando en qué va a ser más importante para la vida”.

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Transformar las preguntas

La segunda propuesta pasa por algo que, contó Furman, se ha vuelto una de sus obsesiones, y es analizar las preguntas que hacen los docentes en los pizarrones, las evaluaciones y las carpetas: “Ahí uno muestra la hilacha, como docente, de qué es lo que verdaderamente le importa a la hora de evaluar”. En general, contó, son preguntas fácticas, aquellas que se responden con un hecho, con una definición o un dato, y puso varios ejemplos que sonaron conocidos: “¿Qué es una célula? ¿Cuáles son sus partes? ¿Qué es la energía y cuáles son sus formas? ¿Cuáles son las etapas de la mitosis?”.

Furman se adelantó a decir que no cree que estas preguntas estén mal: “Por supuesto que queremos que los chicos tengan ciertos datos en la cabeza para poder pensar. El problema es cuando son muchos, todos o la gran mayoría. Si lo miramos de manera sistémica, en nuestros países todavía estamos bastantes clavados en esta forma de enseñar, para la cual recuperar contenido es sinónimo de aprender”.

Mostró el esquema de la taxonomía de objetivos de la educación de Bloom, una pirámide que en la base ubica “recordar” pero luego pasa a otras habilidades como comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear, en la punta de la pirámide, e invitó a que los docentes evalúen a qué apuntan sus preguntas. Como sugerencia para empezar a transformar las preguntas propuso usar “el misterio, la narrativa, el desafío”, y crear “algo que dé ganas de resolver, porque sin deseo no hay aprendizaje profundo posible”.

Por último, aseguró que después de cada clase los estudiantes necesitan “tiempo para reflexionar sobre qué aprendí, sobre qué sé ahora que no sabía antes”, lo que significa que puedan “tomar las riendas de su proceso como aprendiz”. Mostró algunas pequeñas estrategias, como la escalera de la metacognición, actividades para las que debe generarse el tiempo necesario en todas las clases: “Si yo no me tomo el tiempo con los chicos para que ellos puedan pensar cuál es la conexión de esto, la relevancia en otros ámbitos de la vida, no va a suceder por arte de magia”.

La pregunta

Después de la presentación, la directora del Consejo de Formación en Educación, Ana Lopater, le hizo una pregunta a Furman. Comentó que el consejo se encuentra en proceso de renovación de los planes de estudio, que las propuestas apuntan a aplicar las nuevas metodologías, pero aseguró que el cambio de planes no alcanza. “A muchos de nuestros formadores les cuesta entender que menos es más, entonces ponen mucho el acento en los contenidos y en la defensa de los contenidos de cada unidad curricular, y creo que también les cuesta entender que la forma de evaluar no es tanto las preguntas fácticas y sí la creación y producción de los estudiantes”, opinó. Aclaró que a su entender la realidad de la educación actualmente es diversa: “Hay muchos [docentes] que ya están en otra tesitura: el cambio y la resistencia al cambio se dan conjuntamente”, reconoció, pero preguntó “cómo contribuir a que esos dos aspectos, que están bastante naturalizados entre los formadores de los futuros educadores, se puedan superar colectivamente”.

La investigadora argentina aseguró que “todos hemos aprendido de manera muy transmisiva”, y que así como muchos docentes “sienten que aprender es tener mucha información en la cabeza”, muchas familias también lo reclaman: “Cuando hay docentes que empiezan a innovar tienen líos con las familias, que les dicen que la carpeta está más chiquita...”. Furman consideró que los docentes en formación “necesitan vivir en carne propia que hay otra forma de aprender, porque es muy difícil enseñar de un modo en el cual uno nunca aprendió”, y opinó que cuando los docentes ven que otros métodos dan resultados distintos “hacen el clic; no alcanza con que uno lo diga, sino con probarlo y sentirlo”, pero advirtió que eso “es un proceso largo”.